
Me persigue implacable su boca que reía,
acecha mis insomnios ese recuerdo cruel,
mis propios ojos vieron cómo el le ofrecía el beso de sus labios.
Un viento de locura atravesó mi mente, deshecho de amargura.
Yo me quise vengar, mis manos se crisparon, mi pecho las contuvo,
su boca que reía yo no pude matar. Fue su amor de un día toda mi fortuna,
Por quererlo tanto, por confiar en el, hoy hay en mi huella sólo llanto y mi dolor.
Doliente y abatida mi vieja herida sangra.
Bebamos otro trago que yo quiero olvidar, pero estas penas hondas de amor y desengaño,
como las yerbas malas son duras de arrancar.


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